jueves, 21 de agosto de 2014
viernes, 15 de agosto de 2014
miércoles, 13 de agosto de 2014
El cielo y las estrellas
“Y la mayor consolación que recibía era mirar el
cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio, porque
con aquello sentía en sí un muy grande esfuerzo para servir a nuestro Señor”.
San Ignacio de Loyola, El relato del peregrino.
“Ansí me hallaba una noche
contemplando las estrellas,
que le parecen más bellas
cuanto uno es más desgraciao
y que Dios las haiga criao
para consolarse en ellas.”
José Hernández, Martín
Fierro, I, IX, 1445-1450
sábado, 9 de agosto de 2014
El caminante
La
belleza del mundo me ha entristecido.
Esta
belleza que pasará.
A veces
mi corazón se ha sacudido con gran alegría
al ver
una ardilla saltar en un árbol,
o una
mariquita roja sobre un tallo.
O
pequeños conejos en un campo al atardecer,
iluminado
por un sol oblicuo.
O
alguna colina verde, donde las sombras se amontonan,
alguna
colina tranquila,
donde
un montañés ha sembrado, y pronto cosechará,
cerca
de las puertas del Cielo.
O
pequeños niños con los pies descalzos
sobre
las arenas de alguna bajamar,
o
jugando en las calles
de los
pueblitos de Connacht.
Cosas jóvenes y felices.
Y
entonces mi corazón me ha dicho:
Esas
cosas pasarán,
pasarán
y cambiarán,
morirán
y ya no serán más.
Cosas
brillantes, y verdes.
Cosas
jóvenes, y felices.
Y he
seguido mi camino, apenado.
Pádraig Pearse
martes, 15 de julio de 2014
Rezar en el bosque
“Sin embargo, casi todos los días,
visitase o no las familias del lugar, hacía por la tarde una pequeña excursión
por la campiña. Se aprovechaba también de ella para orar, ya levantando el
corazón a Dios, ya con el rezo del breviario. Procuraba siempre decir alguna
palabra a los que trabajaban en los campos, y con el rosario en la mano,
metíase en los tortuosos senderos que cruzaban por entre las espesuras de
tilos. Su alma mística estaba hambrienta de soledad y de paz. En medio de
aquella encantadora naturaleza, su pecho, acostumbrado a los puros efluvios de
las brisas, se dilataba a su gusto. ¡Ah! Hacía bien en disfrutar; se acercaba
el tiempo en que no tendría ni una hora de reposo, y viviría como entre
paredes, sin la frescura del aire ni el calor del sol. Su mayor satisfacción,
se ha dicho de este nuevo Francisco de Asís, era rezar en el bosque. Solo allí
con su Dios, contemplaba sus grandezas y se servía de todo, aun del canto de
las aves, para elevarse hasta El”.
“El Cura de Ars”, por Francis Trochu.
miércoles, 26 de febrero de 2014
Tesoro
"La alegría del corazón, ésta es la vida del hombre y un tesoro inexhausto de santidad" (Ecli. 30,23)
PINTORES RUSOS CONTEMPORÁNEOS
sábado, 1 de febrero de 2014
TECNICA O ESPIRITU – MONS. TIHAMER TOTH
Segunda
Parte Génesis I, 26-28 – “VENGA A NOS EL TU REINO”, CAP.
IX
Hay una contradicción misteriosa en la vida del hombre, que
le atenacea. Cada vez que ha intentado perfeccionar su existencia terrena,
sólo consiguió, al final, perjudicarla y empobrecerla. Cada uno de los descubrimientos,
cada uno de los inventos, en materia mecánica o financiera, se convierte, a la
postre, en un nuevo obstáculo, en una nueva cadena, en un nuevo motivo de
inquietud. Cada deseo satisfecho, crea nuevas necesidades.
Hemos alcanzado mayor precisión en nuestros cálculos. Hemos
ahondado en las investigaciones científicas, y simultáneamente, nos tornamos
detallistas, presuntuosos e incapaces de alcanzar pensamientos de alto vuelo.
El hombre moderno es un millonario en el campo de la
ciencia; y un miserable en el terreno de la sabiduría. Posee la técnica,
carece de moral. Está sepultado en telas lujosas, no conoce la felicidad. Vive
en el confort, se desespera en la intranquilidad. Los pueblos apartados, son
vecinos en la distancia; se alejan e ignoran en el espíritu.
Una vez más se cumple la tragedia de Prometeo. Aparece en
la mitología como iniciando la primera civilización, después de haber robado
fuego del cielo. Porque carecía de una elemental delicadeza, porque era despiadado,
sus mejores deseos se frustraron, y clavado en el Cáucaso por orden de Júpiter,
vio su hígado devorado por los buitres.
Dios ha permitido al hombre, más aún le ha encomendado, el
dominio de los elementos. Pero error fatal es envanecerse de ello. Nunca
debiéramos olvidar que la conducción de las fuerzas naturales, sólo importa por
parte del hombre su administración, ya que su dueño es solamente Dios.
A veces lo olvidamos, y entonces el torrente avasallador
que se desprende de una montaña, los vómitos de lava de un volcán, las aguas
que se agitan en furiosa inundación, el rayo que zigzaguea en el cielo y
fulmina cuanto nos rodea, el terremoto que hunde la tierra bajo nuestros pies,
nos vuelve a la realidad. Los ataúdes de millares de víctimas, nos recuerdan
otra vez, que no poseemos la tierra, que sólo la habitamos por la generosidad
de su único y verdadero dueño absoluto.
Son reflexiones que tratamos en el capítulo anterior, y que
continuaremos en éste. El reino del hombre, desprendido del reino de Dios,
carece de valor.
Vamos a considerar estos tres asuntos.
I. — Nuestra credulidad en la suficiencia de la técnica.
II. — Errónea identificación de la técnica con la cultura.
III. — El espíritu de la cultura, radica en la cultura del
espíritu.
I
NUESTRA
CREDULIDAD EN LA SUFICIENCIA DE LA TECNICA
Miscelánea
Abbot Fuller
Henry Edward Tozer
Abbot Fuller
Henry Edward Tozer
Alfred Provis
Ferenc Ujvary
Gyula Zorkoczy
Morgan Westling
martes, 28 de enero de 2014
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