“Me gozo en las obras de tus manos”

Salmo 91, 5.

miércoles, 13 de agosto de 2014

El cielo y las estrellas




“Y la mayor consolación que recibía era mirar el cielo y las estrellas, lo cual hacía muchas veces y por mucho espacio, porque con aquello sentía en sí un muy grande esfuerzo para servir a nuestro Señor”.

San Ignacio de Loyola, El relato del peregrino.



“Ansí me hallaba una noche
contemplando las estrellas,
que le parecen más bellas
cuanto uno es más desgraciao
y que Dios las haiga criao
para consolarse en ellas.”


José Hernández, Martín Fierro, I, IX, 1445-1450

sábado, 9 de agosto de 2014

El caminante





La belleza del mundo me ha entristecido.
Esta belleza que pasará.

A veces mi corazón se ha sacudido con gran alegría
al ver una ardilla saltar en un árbol, 
o una mariquita roja sobre un tallo. 

O pequeños conejos en un campo al atardecer,
iluminado por un sol oblicuo.

O alguna colina verde, donde las sombras se amontonan,
alguna colina tranquila,
donde un montañés ha sembrado, y pronto cosechará,
cerca de las puertas del Cielo.

O pequeños niños con los pies descalzos
sobre las arenas de alguna bajamar,
o jugando en las calles
de los pueblitos de Connacht.
 
Cosas jóvenes y felices.

Y entonces mi corazón me ha dicho:
Esas cosas pasarán,
pasarán y cambiarán,
morirán y ya no serán más.

Cosas brillantes, y verdes.
Cosas jóvenes, y felices.

Y he seguido mi camino, apenado.

Pádraig Pearse



martes, 15 de julio de 2014

Rezar en el bosque





“Sin embargo, casi todos los días, visitase o no las familias del lugar, hacía por la tarde una pequeña excursión por la campiña. Se aprovechaba también de ella para orar, ya levantando el corazón a Dios, ya con el rezo del breviario. Procuraba siempre decir alguna palabra a los que trabajaban en los campos, y con el rosario en la mano, metíase en los tortuosos senderos que cruzaban por entre las espesuras de tilos. Su alma mística estaba hambrienta de soledad y de paz. En medio de aquella encantadora naturaleza, su pecho, acostumbrado a los puros efluvios de las brisas, se dilataba a su gusto. ¡Ah! Hacía bien en disfrutar; se acercaba el tiempo en que no tendría ni una hora de reposo, y viviría como entre paredes, sin la frescura del aire ni el calor del sol. Su mayor satisfacción, se ha dicho de este nuevo Francisco de Asís, era rezar en el bosque. Solo allí con su Dios, contemplaba sus grandezas y se servía de todo, aun del canto de las aves, para elevarse hasta El”.

“El Cura de Ars”, por Francis Trochu.


Gabriel Fauré: Élégie in C minor Op. 24


La obra de Peter Barker (Inglaterra, 1954)















Gabriel Fauré - Pavane, Op. 50


miércoles, 26 de febrero de 2014

sábado, 1 de febrero de 2014

Confía.



TECNICA O ESPIRITU – MONS. TIHAMER TOTH




Segunda Parte Génesis I, 26-28 – “VENGA A NOS EL TU REINO”, CAP. IX

Hay una contradicción misteriosa en la vida del hom­bre, que le atenacea. Cada vez que ha intentado per­feccionar su existencia terrena, sólo consiguió, al final, perjudicarla y empobrecerla. Cada uno de los descubri­mientos, cada uno de los inventos, en materia mecánica o financiera, se convierte, a la postre, en un nuevo obstáculo, en una nueva cadena, en un nuevo motivo de inquietud. Cada deseo satisfecho, crea nuevas nece­sidades.
Hemos alcanzado mayor precisión en nuestros cálcu­los. Hemos ahondado en las investigaciones científicas, y simultáneamente, nos tornamos detallistas, presun­tuosos e incapaces de alcanzar pensamientos de alto vuelo.
El hombre moderno es un millonario en el campo de la ciencia; y un miserable en el terreno de la sabi­duría. Posee la técnica, carece de moral. Está sepultado en telas lujosas, no conoce la felicidad. Vive en el con­fort, se desespera en la intranquilidad. Los pueblos apar­tados, son vecinos en la distancia; se alejan e ignoran en el espíritu.
Una vez más se cumple la tragedia de Prometeo. Apa­rece en la mitología como iniciando la primera civiliza­ción, después de haber robado fuego del cielo. Porque carecía de una elemental delicadeza, porque era despia­dado, sus mejores deseos se frustraron, y clavado en el Cáucaso por orden de Júpiter, vio su hígado devorado por los buitres.
Dios ha permitido al hombre, más aún le ha enco­mendado, el dominio de los elementos. Pero error fatal es envanecerse de ello. Nunca debiéramos olvidar que la conducción de las fuerzas naturales, sólo importa por parte del hombre su administración, ya que su dueño es solamente Dios.
A veces lo olvidamos, y entonces el torrente avasa­llador que se desprende de una montaña, los vómitos de lava de un volcán, las aguas que se agitan en furiosa inundación, el rayo que zigzaguea en el cielo y fulmina cuanto nos rodea, el terremoto que hunde la tierra bajo nuestros pies, nos vuelve a la realidad. Los ataúdes de millares de víctimas, nos recuerdan otra vez, que no poseemos la tierra, que sólo la habitamos por la gene­rosidad de su único y verdadero dueño absoluto.
Son reflexiones que tratamos en el capítulo anterior, y que continuaremos en éste. El reino del hombre, des­prendido del reino de Dios, carece de valor.
Vamos a considerar estos tres asuntos.
I. — Nuestra credulidad en la suficiencia de la técnica.
II. — Errónea identificación de la técnica con la cul­tura.
III. — El espíritu de la cultura, radica en la cultura del espíritu.

I

NUESTRA CREDULIDAD EN LA SUFICIENCIA DE LA TECNICA

Miscelánea


 Abbot Fuller

 Henry Edward Tozer

  Abbot Fuller

Henry Edward Tozer

 Alfred Provis

 Ferenc Ujvary

 Gyula Zorkoczy

Morgan Westling