“Me gozo en las obras de tus manos”

Salmo 91, 5.

Mostrando entradas con la etiqueta Naturaleza. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Naturaleza. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de diciembre de 2009

La naturaleza y S. Francisco de Sales



El sentimiento que San Francisco de Sales tiene de la naturaleza es encantador, porque la naturaleza es para él lo que en realidad es, un medio, no un fin: es el instrumento que acompaña al canto, y no la belleza misma a la que el canto va enderezado, que es como suelen sentirla los falsos poetas. El amor de San Francisco la encuentra en su camino; la encuentra sin buscarla, sencillamente, porque está allí, y sin detenerse en ella la atraviesa y la arrastra en su vuelo hacia el cielo a donde va.


Ernest Hello, Fisonomía de Santos: San Francisco de Sales.


lunes, 28 de diciembre de 2009

EL ESPEJO DE LA NATURALEZA



En la Edad Media, el mundo es un símbolo para el hombre que piensa. Puede definirse así: “Una idea de Dios realizada por el Verbo”. De ser cierto, cada ser esconde un pensamiento divino. El mundo es un libro inmenso, escrito por la mano de Dios, en el que cada ser es una palabra llena de sentido. El ignorante contempla, ve figuras, letras misteriosas, y no comprende su significado. Pero el sabio se eleva de las cosas visibles a las invisibles: al leer la naturaleza lee el pensamiento de Dios. La ciencia consiste, pues, no en estudiar las cosas en sí mismas, sino en compenetrar las enseñanzas que Dios ha puesto en ellas para nosotros; porque “toda criatura –dice Honorio de Autun- es la sombra de la verdad y la vida”. En el fondo de cada ser están inscritas la figura del sacrificio de Jesús, la idea de la Iglesia, la imagen de las virtudes y los vicios. El mundo moral y el mundo sensible no forman más que uno.

Hugo de San Víctor contempla una paloma, y piensa en la Iglesia. “La paloma –dice- tiene dos alas, como para el cristiano hay dos géneros de vida, la vida activa y la vida contemplativa. Las plumas azules de sus alas indican los pensamientos del cielo. Los inciertos matices del resto de su cuerpo, esos colores cambiantes que hacen pensar en un mar agitado, simbolizan el océano de las pasiones humanas en que boga la Iglesia. ¿Por qué tiene la paloma los ojos de un amarillo dorado? Porque el amarillo, color de los frutos maduros, es el mismo color de la experiencia y la madurez. Los ojos amarillos de la paloma son la mirada llena de sabiduría que la Iglesia lanza hacia el porvenir. La paloma, finalmente, tiene las patas rojas porque la Iglesia avanza por el mundo con los pies teñidos en la sangre de los mártires”.


Emile Mâle – El arte religioso

viernes, 11 de diciembre de 2009

VISION SOBRENATURAL DE LA NATURALEZA


En el Sermón de la Montaña, donde se exponen los fundamentos de la Ciudad de Dios y las consecuencias de su rechazo, Nuestro Señor nos recomienda abrir nuestros ojos sobre la creación: “Mirad las aves del cielo...Contemplad los lirios del campo” (Mt. 6,26 y 28). Todos los Santos, desde los Apóstoles hasta los grandes pensadores católicos, han seguido esta recomendación, contemplando con religiosa admiración los símbolos de las verdades teológicas que Dios ha esparcido en la naturaleza. Como dice San Pablo, “desde la creación del mundo, las perfecciones invisibles de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante sus obras visibles, merced al conocimiento que de ellos nos dan sus creaturas” (Rom. 1,20). “Abre tus ojos –dice San Buenaventura-, apresta el oído de tu alma, desliga tus labios, aplica tu corazón: todas las creaturas te harán ver, loar, amar, servir, glorificar y adorar a tu Dios”, y San Máximo de Turín: “Imita a las aves pequeñísimas que mañana y tarde dan gracias al Creador”. En su tratado “Del conocimiento de Dios y de sí mismo”, Bossuet incluyó un capítulo bajo el título de “Cómo la sabiduría de Dios aparece en los animales”. “Cada animal –escribe- está encargado de su representación”. Lo mismo se puede afirmar de las plantas. Por ejemplo Santa Catalina de Siena decía que “el árbol que hunde sus raíces en la tierra es la naturaleza divina unida a la tierra de nuestra humanidad”. Para San Agustín, el hombre muerto al pecado y unido a Jesucristo es semejante a “los árboles que el rigor del invierno ha despojado de todas sus hojas: parece que no tienen más vida, pero la conservan en sus raíces bajo la nieve y el hielo para revivir en la primavera”.


Guillermo Gueydan de Roussel – El sentido humano y cristiano del campo, “El Verbo y el Anticristo”, Ediciones Gladius, 1993.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Dios habla también...


“Dios habla también al hombre en los nubarrones de las cumbres, el rugido de los torrentes, en la pendiente abrupta de los desfiladeros, en el esplendor deslumbrante de las nieves eternas, en los charcos que tiñe de sangre el sol en el ocaso, en el viento que desnuda a los árboles. La naturaleza respira la omnipotencia de Dios, sonríe en el gozo de Dios, se esconde de su cólera y, al mismo tiempo, sonríe a aquél que es eternamente joven, con la sonrisa de su propia juventud. Porque el espíritu de Dios, del que vive la naturaleza, es un espíritu eternamente joven, que se renueva incansablemente, un espíritu igualmente fecundo en la nieve y en la lluvia y en la niebla, porque de éstas procede la vida, brota la esperanza y se renuevan millares de veces todas las prerrogativas de la juventud”.

Beato Contardo Ferrini (1859-1902)