“Me gozo en las obras de tus manos”

Salmo 91, 5.

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jueves, 11 de febrero de 2010

CAMPO


Tierra generosa que eres un canto,
tierra de sol y cielo enamorada,
tierra cultivada, color del campo,
tierra misteriosa, tierra en calma.

Suelo abierto en surcos parecidos,
granizo de semillas virginales,
brotes que germinan bendecidos,
lucero entregándose a raudales.

Suelo labrado que espera su riego,
ojos abiertos que guardan su cielo,
rumor de aves que remontan vuelo,
manos que trabajan con denuedo.

Aire omnipresente cual mi deseo,
corazón anhelante de senderos,
busca callada de la puerta abierta,
aromas sanos de la infancia tierna.

F. M.

CAMPOS DE MI PROVINCIA


Campos de mi provincia en el estío,
infinitos, monótonos, iguales,
carretadas de pastos naturales
más el alambre tenso de algún río.

Un monte a la distancia azul sombrío,
parches esmeraldinos de maizales,
molinos, parvas, silos, animales,
y luego el sol de la bandera y mío.

Hoy al cruzaros rumbo al mar de nuevo,
mi antiguo voto férvido renuevo:
¡estallad en mil granjas divididos!

Y guardadme el rincón más miserable
en que un sonoro álamo me hable
junto a los claros hijos ya crecidos.

Baldomero Fernández Moreno

sábado, 6 de febrero de 2010

LA REVOLUCION DEL MUNDO MODERNO Y EL CAMPO



“De Bonald (1753-1840), uno de los mejores críticos de la Revolución Francesa, a la que conoció de cerca, estimaba que la consecuencia más decisiva de dicha revolución fue el nacimiento de la sociedad industrial urbana opuesta a la antigua sociedad agraria. “Es con la esperanza de tomar algún día a su cargo esta población superabundante de las ciudades –dice- que un partido en Europa fomenta el desarrollo exagerado de la industria, con la seguridad de dar trabajo a esos brazos desocupados en el taller inmenso de la industria revolucionaria...,pues para destruir todos sirven”. Como escribe el P. Alfredo Sáenz, “el revolucionario no conoce sino una ciencia, la de la destrucción”. Según de Bonald, la oposición entre el agricultor y el industrial reside en el hecho de que “la familia agrícola es sedentaria, en cambio la familia industrial es móvil”; “la primera espera todo de Dios, la otra recibe todo del hombre”.

Guillermo Gueydan de Roussel – El sentido humano y cristiano del campo, “El verbo y el Anticristo”, Ediciones Gladius, 1993.

EL HOMBRE QUE HABITA EL CAMPO



Ya desde la Antigüedad, el hombre que habita el campo siempre ha sido considerado como un privilegiado. Varios emperadores romanos se honraban de cultivar su quinta. Cicerón decía que ninguna profesión era superior a la del agricultor, ninguna era más fecunda, más agradable y más digna de un hombre libre. Sin embargo, nadie como el Cristianismo ha celebrado las virtudes el campesino y las ventajas espirituales de la vida agraria. Par el apóstol Santiago, el labrador es un modelo de paciencia: “Mirad –dice- cómo el labrador, con la esperanza de recoger el precioso fruto de la tierra, aguarda con paciencia las lluvias tempranas y las tardías” (Sant. 5,7). El ejercita una especie de reflejo de las tres virtudes teologales: la fe, confiando generosamente las semillas a la tierra, la esperanza, en la expectación de que germinen, y la caridad, dando gracias al Señor que es quien da el crecimiento, como dice San Pablo (cf. I Cor. 3,7). “Con razón –escribe San Agustín- creemos que el cultivo de las plantas y de los árboles ha sido la ocupación del primer hombre en este jardín de delicias donde fue creado. Pues ¿qué hay más inocente que este trabajo para los que tienen tiempo de ocuparse de él, o más capaz de elevar hacia Dios el espíritu de los que poseen una luz suficiente para profundizar todas las maravillas veladas en el curso ordinario de la naturaleza?”.

Guillermo Gueydan de Roussel – El sentido humano y cristiano del campo, “El verbo y el Anticristo”, Ediciones Gladius, 1993.